Institucionalización de Menores en América Latina: la sentencia de muerte de los niños perdidos.

Por Ana Valenzuela – Aquelarre Chile

Los niños perdidos son un grupo de niños y niñas de los que la sociedad se olvidó y que se fueron a vivir al país de Nunca Jamás, para no crecer. Viven en el interior del árbol del ahorcado junto con su líder, Peter Pan. Juntos viven un montón de aventuras de las que se escribieron maravillosas historias. Si los niños perdidos vivieran en el mundo que nos toca, los veríamos prisioneros en alguna institución de menores, condenados a morir y a ser olvidados para siempre. 

El mundo enmudeció el pasado miércoles ante el horror de la tragedia que cobró la vida de, hasta ese entonces, 20 niñas que murieron calcinadas, encerradas bajo llave en una pieza de en un albergue estatal en la capital de Guatemala. Hoy, la cifra asciende a 40 niñas fallecidas y cerca de 20 heridas, 10 de ellas de gravedad, algunas de las cuales serán trasladadas a un hospital especializado en Texas, EEUU. La tragedia ocurrió en un lugar en el que se encontraban internadas para su seguridad tras haber sido víctimas de abusos sexuales, físicos y de trata de menores. Las niñas protestaban en el marco del Día Internacional de la Mujer con el fin de visibilizar los abusos físicos y sexuales de los que también han sido víctimas al interior del Hogar Seguro Virgen de la Asunción. ¡Vaya Hogar Seguro! De las niñas que lograron ser rescatadas, según informa el medio de información TELESUR, 9 están embarazadas producto de las violaciones y abusos de los que fueron víctimas al interior del hogar. No ha sido posible determinar si alguna de las menores fallecidas estaba embarazada al momento del incidente.

Hace unos meses, Chile entero se conmocionó por la muerte de Lissette, una niña de 11 años que falleció víctima de torturas en el hogar del Servicio Nacional de Menores (SENAME) donde se encontraba internada supuestamente para protegerla del maltrato que sufría en su familia. Irónicamente, este “intento de salvarla” fue su sentencia de muerte, tal como en circunstancias similares se convirtió en la sentencia de otros 210 niños muertos en los últimos 10 años en diferentes hogares del SENAME a  lo largo del país, y más de 400 niñas, niños y adolescentes que fallecieron en otros programas ambulatorios asociados. Ahorcamientos, paro cardiorespiratorios, asfixias, accidentes, muerte súbita, shock séptico y multiorgánico, causas indeterminadas. Estas son las causas que en común tienen los niños, niñas y adolescentes que murieron mientras estaban a cargo del Servicio Nacional de Menores entre el 2005 y el 2016.

Sí. Tenemos una deuda tremenda con los niños de América Latina. Una deuda que se ha escrito con sangre, que ha costado la vida a cientos de miles de niños que han sufrido el olvido de una sociedad que prefiere alejarlos, encerrarlos y ocultarlos de su vista con la excusa de ayudarlos y haciendo creer que así es, para evitar hacerse responsables de sus destinos, porque somos incapaces de asumir nuestras carencias como sociedad, y nuestra responsabilidad colectiva en el destino de las nuevas generaciones. Hoy, nos impresionan sus muertes, pero no debemos olvidar que se trata de un problema bastante más profundo que las muertes aisladas – o no tanto – de menores en instituciones de acogida. Según datos de la UNICEF, hoy más de 240.000 niñas y niños permanecen internados en instituciones de este tipo en América Latina. Cientos de miles de niñas y niños han sido condenados por la incapacidad de una sociedad de dar respuesta a sus necesidades, una sociedad que no manifiesta interés alguno en lo que suceda con ellos.

La política de institucionalización sistemática e indiscriminada de menores en centros de acogida estatales o que reciben recursos estatales ha demostrado ser más que insuficiente. Se trata de instituciones que no responden a las necesidades de los menores, que no dan a basto en capacidad ni en “calidad” y que, por sobretodo, no solucionan el problema de raíz.

Las muertes de estas menores no son casos aislados, no son muertes que hayan sucedido de un momento a otro, sin previo aviso, sin posibilidad de evitarse. Tanto en el caso del hogar guatemalteco como en las muertes del SENAME, existían denuncias por parte de los menores de haber sido víctimas de tortura, abusos físicos y sexuales. En ambos casos las autoridades gubernamentales hicieron caso omiso. ¿Por qué? Porque eran parias, hijos no deseados de una sociedad que reniega de ellos. Los menores vulnerables son vistos como delincuentes, y no como víctimas de una sociedad desigual. Y como delincuentes, sus testimonios no son creíbles, y sufren de la revictimización constante en virtud de su origen y estatus social. Las autoridades hacen caso omiso.. porque se trata de parias. Pues, aunque existen programas gubernamentales en casi toda América Latina destinados a mejorar la situación de los menores, pareciera que estos niños, en su mayoría de sectores pobres, no tuvieran los mismos derechos que el resto de los infantes.

Cada vez que una niña o niño muere en uno de estos centros de acogida, vemos que en los titulares de los medios de comunicación y en la opinión pública se les criminaliza, tildandolos de delincuentes y con ello restándole importancia a la tragedia en sí misma. Olvidando que el marco cultural dentro del cual se desenvuelve el infante es el nocivo, el que lo ha llevado a incurrir en actos delictuales, pero ¿todos los niños pobres que están en estos centros son delincuentes? ¿el hecho de que lo fueran justifica sus muertes por falta de protección? evidentemente a ambas preguntas respondemos que no, ya que los reales responsables son una sociedad completamente indolente y un sistema fallido, corrupto e impune que mercantiliza toda relación humana.

Es nuestra responsabilidad colectiva cambiar esta triste realidad. Los menores vulnerables que llegan a los hogares lo hacen por distintas causas, pero todas ellas son responsabilidad nuestra, pues contribuimos a diario a la construcción de una sociedad en la que estos menores no tienen cabida, los dejamos al margen, aislados de la idílica concepción de infancia que nos auto imponemos. Ningún niño nace “malo”, es la sociedad la que los corrompe con diferentes actitudes y acciones; los niños son esponjas que absorben lo que ven en el medio en que se desenvuelven, y replican cada una de nuestras actitudes. Es hora de que de una vez por todas nos hagamos responsables de sus destinos, de los cuidados que requieren y de poner en el primer lugar su bienestar.

Las muertes de estas menores tanto en Chile como en Guatemala y en el resto de América Latina son producto de crímenes de Estado, crímenes de los que la sociedad en su conjunto es cómplice, solapando la inoperancia de los gobiernos y de sistemas de institucionalización de menores colapsados y corruptos. Los culpables quedan impunes, y en Guatemala no será la excepción. Seguirán sucediendo horrores como este, que quedarán sin castigo mientras sigamos viviendo en una sociedad clasista, racista, sin agallas y sin conciencia, y por sobre todo indolente e individualista.

¿Hasta qué punto nos importan la vida de estos niños y niñas? Porque no solo de pan se alimentan, sino que requieren amor, contención, cariños y cuidados, y nada de esto lo encuentran en las instituciones que hoy existen. Estamos frente a un Estado al que no le importa el destino de sus niños.

En ningún caso negamos la necesidad de que existan centros dedicados especialmente a la atención de niñas y niños abandonados por sus familias, víctimas de violencia extrema o de una sociedad que los corrompe. Sin embargo, debemos trabajar en conjunto para hacernos responsable como sociedad de la crianza de nuestros niños, no a través de centros en los que no existen profesionales capacitados para dar respuesta a sus necesidades, y en los cuales existe nulo control estatal sobre ellos. Queremos que existan hogares (y ojo, hablamos de hogares, porque toda niña, niño o adolescente tiene derecho a tener un hogar, en el que reciba amor, cuidados y atención, y no solo un techo) para niños, no correccionales que vienen a enderezarlos y terminan por matarlos.

Como feministas rebeldes ante un sistema capitalista, patriarcal y colonialista que nos oprime, no podemos omitir este tipo de situaciones. Nuestra postura no puede ser otra: exigimos la detención inmediata de la institucionalización sistemática de menores en centros de acogida; apostamos por un sistema educativo inclusivo, que sepa dar respuesta a las necesidades de cada niña, niño o adolescente, mediante centros especializados – que cuenten con profesionales debidamente capacitados – en los que importen los intereses y capacidades de cada menor, y que se encarguen de entregarles las herramientas que la sociedad les negó, y así puedan dar rienda suelta a sus aptitudes.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s